¡Vale la pena!

Por: Natale Amprimo Plá
Constitucionalista 

En respuesta a Juan Monroy por el tema de la (ex) PUCP

Para quien tiene honor, siempre vale la pena responder un agravio, aun cuando quien lo hace haya perdido los papeles y recurra al insulto; que, como se sabe, es inequívoca señal de desesperación y falta de argumentos. 

Dice Monroy que patrocinó a la antigua Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) porque fue su alma máter; bálsamo que utiliza para limpiar sus culpas. En mi caso, no requiero de una argumentación como esa para justificar mi patrocinio, que se sustenta en que al Arzobispado de Lima le acompañan la razón y la verdad.

Monroy, una vez más, se equivoca cuando atribuye mi “vehemencia” al cobro de honorarios. Le aclaro que mi participación, en relación con los procesos que enfrenta el Arzobispado de Lima frente a la antigua PUCP, es ad honorem; pongo como testigo de ello al señor Arzobispo de Lima.

Por otro lado, Monroy señala que no conoce el Club Empresarial, lugar donde, según denunció la prensa, la antigua PUCP organiza cócteles de bienvenida a los magistrados inscritos en los cursos que promueve. Dice que tampoco conoce a Dinah Shelton, la comisionada estadounidense en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a la que la antigua PUCP invitó al Perú cuando ejercía la presidencia de dicha instancia supranacional, en momentos en que el alma máter de Monroy quería que se admitiera a trámite la denuncia que presentó contra el Perú por el Caso Riva-Agüero. También dice desconocer los “convenios de cooperación” celebrados por la antigua PUCP con la Corte Suprema y la Corte Superior de Justicia de Lima, en momentos en que esta litiga ante dichas instancias judiciales. Las respuestas de Monroy me recuerdan aquella famosa frase, que se hizo célebre en la crónica policial allá en la década de 1980: “Es mi hermano, pero no sé nada”.

Y en cuanto a lo que el magistrado constitucional Eto Cruz –quien fue el único que votó a favor de la antigua PUCP- expresó en su voto singular (“En el presente caso, el modo como ha sido presentado el recurso de agravio constitucional no se condice con los deberes de colaboración que tienen las partes y abogados dentro del proceso […]. No queda, pues, luego de lo expuesto, menos que dejar sentada nuestra posición crítica respecto a la demandante, Pontificia Universidad Católica del Perú, y los abogados que la patrocinan, en la presentación del recurso de agravio constitucional”), Monroy guarda elocuente silencio.

Lo que está claro es que Monroy tiene un doble rasero moral. Para él es ético y acorde con el Derecho prescindir de la voluntad de quien dejó todo su patrimonio a una institución educativa, para que este sea administrado por una junta perpetua formada por su rector y quien designe el señor Arzobispo de Lima; o desligarse de la Santa Sede, para no rendir cuentas y usufructuar “autónomamente” un patrimonio de la Iglesia, pero continuar utilizando los títulos de “Pontificia” y “Católica”, pese a su enfrentamiento con el Santo Padre.

Finalmente, más allá de las referencias a Markarián, Quico o pelotas cuadradas que invoca este seguidor de Jorge Montoro, lo que pretende Monroy es neutralizar al Tribunal Constitucional, cuyas reiteradas resoluciones le han sido adversas. Pero para él no hay problema, todo lo hace por su “alma máter”.

Publicado en el diario El Comercio p. A28
Miércoles, 26 de setiembre de 2012

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