¿Y qué pasa ahora en la PUCP?

Por Mario Castillo Freyre
Profesor Principal de la Facultad de Derecho de la PUCP

Por una solución armoniosa al conflicto entre sus autoridades y la Iglesia

Escribo este artículo con el mejor ánimo de aportar a la solución de los problemas que persisten intactos entre la PUCP y la Iglesia católica, y con la convicción de que es absolutamente legítimo discrepar de las autoridades de cualquier institución a la que uno pertenece. La inmensa mayoría de profesores, alumnos, egresados, graduados y personal administrativo (que ante la opinión pública –y por razones que no me corresponde ahora analizar- constituyen una mayoría silenciosa) esperan que la relación de convivencia, armonía y recíproca colaboración con la Iglesia católica se mantenga, con el respeto que la Iglesia siempre tuvo hacia la autonomía de la propia universidad y con la fidelidad que la PUCP siempre profesó hacia la institución que la creó, a través del padre Jorge Dintilhac (Sagrados Corazones).

Quiero hacer un llamado a la reflexión, para que las autoridades de mi universidad adopten una actitud en pro de la solución del problema, retomando las conversaciones con la Iglesia, a efectos de reformar el estatuto, adecuándolo a la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, en los términos que, prácticamente, ya habían sido acordados hace algunos meses.

Me apena sobremanera que, sin mayor explicación ni horizonte, los documentos oficiales de la universidad, su papelería, así como la publicidad y hasta su propia página web, vayan dejando aceleradamente su antiguo nombre de la Pontificia Universidad Católica del Perú por la simple sigla PUCP, la misma que de por sí no significa nada, salvo que se tenga el verdadero interés de que cada una de las letras que la integran conserven (o recobren) el significado que siempre tuvieron. A la gran mayoría de la comunidad universitaria le ha sorprendido el surgimiento de un grupo de profesores que han adoptado una posición francamente secesionista para que la universidad, “de una vez por todas”, rompa cualquier vínculo con la Iglesia católica.

Esto, naturalmente, tomando ellos el control de la universidad e ignorando la voluntad testamentaria de don José de la Riva Agüero y Osma. Ello significaría no solo ignorar la historia de la universidad, repudiar sus orígenes, transformar su esencia y traicionar la voluntad de su principal benefactor, sino también violar gravemente el ordenamiento jurídico y eclesiástico.

La Asociación de Egresados y Graduados de la PUCP ha adoptado semanas atrás un acuerdo unánime para fomentar el que se retomen las negociaciones con la Iglesia. De otro lado, un grupo numeroso de profesores nos hemos organizado con el mismo objetivo que la asociación, a efectos de que prime la razón sobre las pasiones. Ni la asociación ni este grupo de profesores estamos solicitando la renuncia de las actuales autoridades de la universidad (pedido que yo sí hice a título personal y del cual no me arrepiento, pues si los ministros renuncian por un fracaso político, no debería extrañar que lo hagan un rector y tres vicerrectores). Ambos grupos apuntamos a ayudar a que el rector de la Universidad Católica sienta que tiene el apoyo de sus colegas y amigos (que no comparten el rumbo institucional emprendido por él), y que nuestro rector, legítimamente elegido, no se sienta cercado por quienes quieren que la Católica se convierta en una universidad distinta de la que ha sido siempre. Que mi antiguo profesor Marcial Rubio sepa que no somos sus enemigos y que queremos a la Católica tanto como él, pero que quede claro que la queremos como siempre la conocimos y vivimos.

Debemos apostar, entonces, por la adecuación de nuestro estatuto a la Constitución Apostólica, lo que no afectaría la autonomía institucional y tradicionalmente democrática de la PUCP. Ello conllevaría –estoy seguro- a que el Estado Vaticano nos restituya –en breve plazo- los títulos de pontificia y católica. Luego –y siempre dialogando- se podrá solucionar el segundo problema, que es el relativo a la interpretación del testamento de Riva Agüero y así poner fin a los diversos procesos judiciales que nunca debieron iniciarse. Solo el diálogo y la buena voluntad salvarán a la PUCP. Que así sea.

Publicado en la Revista Correo p. 23
Jueves, 27 de setiembre de 2012

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