Dos herencias extraordinarias

Por Federico Prieto Celi

El Arzobispado de Lima ha publicado un volumen de 750 páginas, que recoge los documentos del proceso judicial iniciado por la Pontificia Universidad Católica del Perú contra el delegado-tesorero (nombrado por el arzobispo de Lima) de la junta de administración de los bienes donados a dicha casa de estudios por José de la Riva Agüero y Osma y que concluyó con sentencia desfavorable a la mencionada universidad.

El libro, titulado “La herencia de la Riva Agüero: Que la verdad se haga luz e ilumine sobre las tinieblas”, pulcramente editado, es un caso extraordinario de transparencia jurídica, puesto que contiene, además de la presentación del cardenal Juan Luis Cipriani y del prólogo del constitucionalista Natale Amprimo Plá, asesor del arzobispado ante el Tribunal Constitucional en el diferendo con la PUCP, 34 anexos que recogen las pruebas presentadas a dicho órgano. Además, dictámenes nacionales de Aníbal Torres Vásquez y Fernando Vidal Ramírez, así como de los españoles Juan Vallet de Goytizolo, Eduardo García de Enteria Martínez-Grande, Luis Diez-Picazo y Ponce de León y Rafael Domingo Oslé; de los argentinos Guillermo J. Borda, Gustavo A. Bossert y Marcos Córdova, y del italiano Pietro Rescigno. Todos ellos maestros de fama mundial.

La publicación se refiere únicamente al tema cuestionado judicialmente por la PUCP, asunto que corresponde al derecho sucesorio. Es obvio que el arzobispo tiene gran responsabilidad y grave deber moral ante la PUCP, que el cardenal Cipriani ha ejercido con entereza, dejando sentado el derecho de la Iglesia Católica sobre una universidad que no solo lleva el nombre de católica sino también el título de pontificia. Harán bien los juristas en leerlo, antes de adelantar un juicio que, por razones ajenas a la materia del caso, pueda resultar equivocado.

Pero el cuestionamiento de la junta de administración ha traído a colación la otra herencia, ya no monetaria sino espiritual, que la PUCP ha recibido el día en que nació, y que tiene igualmente la obligación moral de cultivar con esmero. El 25 de octubre de 1917, el R.P. Jorge Dintilhac SSCC firma la carta orgánica de esa casa de estudios, inscrita en Registros Públicos, con la finalidad de ofrecer a la juventud católica peruana una formación académica acorde con el magisterio de la Iglesia. Al respecto, Riva Agüero propone: “Juremos preservarla íntegra, sin renuncios, retrocesos ni cobardías; y con ella la irradiación de las supremas verdades de religión y sanas doctrinas que impedirán el desquiciamiento de nuestro amado Perú”.

Muchos se preguntan cuál es, en realidad, el fondo de este desencuentro que el maestro de historia de la Universidad Católica, José Agustín de la Puente Candamo, ha denominado en un artículo en El Comercio “un pleito de familia que no debe continuar”. La respuesta es simple y cruda: es un asunto de obediencia. En la Iglesia Católica, la obediencia es una virtud que tiene un valor especial, porque garantiza la unidad con Pedro en la historia. Las ramas desgajadas del tronco de Roma han ido empalideciendo con el transcurso del tiempo, tanto más cuanto mayor haya sido el alejamiento o la ruptura con el Papa. Y de religión han terminado en clubes morales y filantrópicos, como es el caso de las iglesias libres.

Parecería que la PUCP proclama un catolicismo real, sin duda, pero desvinculado de la Santa Sede y del Arzobispado de Lima, es decir, de la jerarquía eclesiástica. Pero ocurre que la PUCP es una institución de derecho público eclesiástico, que ha tenido dos hitos que hoy reclaman rectificación: los estatutos de 1967, que no concuerdan con la exhortación apostólica Ex Corde Eclesiae de 1990, que contiene las normas de las universidades católicas, y un acuerdo nulo de la junta de administración en 1994, que el Tribunal Constitucional, por ser nulo, ha dejado sin efecto.

La desobediencia de la PUCP a la Santa Sede y a la justicia peruana responde a una mentalidad presbiteriana, que no reconoce una Iglesia con jerarquía episcopal. Cómo se ha llegado a esta situación es fácil de comprender: cuando autoridades y catedráticos dejaron la fidelidad doctrinal al magisterio católico para coquetear con ideologías ajenas a la fe cristiana y cuando el manejo monetario dejó de tener la prudente supervisión de la jerarquía de la Iglesia, corriendo el riesgo de convertirse en una repartija de unos cuantos.

Dos herencias extraordinarias –una material y otra religiosa– están en juego. Si la Iglesia Católica requiere algo hoy es fidelidad a la doctrina y lealtad con la persona del Papa, del obispo, de los sacerdotes y de los laicos que comulgan con el depósito de la fe católica. Y esa comunión lleva de la mano a una libre e inteligente obediencia a las directrices de las autoridades de la Iglesia. La desobediencia, en cambio, podría tener matices de hurto intelectual y económico en una institución de la Iglesia, puesto que detrás de las actitudes aparentemente principistas suelen esconderse otras que no lo son tanto.

Publicado en el diario El Comercio 
Lima, miércoles 26 de enero de 2011

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